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Fernando Toledo : el poeta material

Par |2018-08-15T11:34:52+00:00 12 août 2013|Catégories : Blog|

Hace ape­nas 600 años, la cultu­ra occi­den­tal comenzó a libe­rarse de la muchas veces mile­na­ria noción sobre­na­tu­ral de la rea­li­dad y colocó al hombre en el cen­tro del uni­ver­so, del mis­mo modo que, míti­ca­mente y bas­tante tiem­po antes, el joven Zeus arro­jó a su padre Cronos de la pri­macía, para rei­nar él en su lugar.

Para la cultu­ra occi­den­tal, el uni­ver­so se trans­formó en una suerte de gran meca­nis­mo de relo­jería, cuyas leyes había que des­cu­brir y apro­ve­char.

Luego,  hace poco más de 100 años, la cultu­ra des­cu­brió algu­nas cosas más : que la inmen­sa, mayor parte del uni­ver­so seguía sien­do des­co­no­ci­da, que cuan­do más conocía del uni­ver­so sim­ple­mente des­cu­bría que era menos lo que sabía de él y que el hombre no era el cen­tro del cos­mos, sino ape­nas una parte más, aunque, has­ta donde sabe­mos, la úni­ca capaz de reflexio­nar sobre sí mis­ma y sobre cuan­to la rodea. O sea : el hombre es la mate­ria que reflexio­na sobre sí mis­ma.

Si bus­ca­mos una fuente de conflic­tos, nin­gu­na nos dará tan­tos argu­men­tos, tan­tas posi­bi­li­dades como esta condi­ción, que es la de lo huma­no. Ello, porque desató inme­dia­ta­mente un mar de contra­dic­ciones, anta­go­nis­mos, deseos reñi­dos con la razón, razones que cho­ca­ron y cho­can contra la evi­den­cia.

¿Cómo, la mate­ria que reflexio­na, puede com­pren­der quién es ella y qué cos­mos habi­ta, cuan­do com­prende que cuan­to ve y define está teñi­do por la sub­je­ti­vi­dad, ras­go consti­tu­ti­vo del que no puede esca­par, porque éste es, pre­ci­sa­mente, una parte intrín­se­ca de ella ? Así lo Real, la esen­cia mis­ma de la mate­ria, esca­pa siempre de los alcances de la mate­ria que pien­sa, el hombre.

Aquí vol­ve­mos a evo­car, una y otra vez, las pala­bras siempre exac­tas de Jorge Enrique Ramponi : “El hombre quiere amar la pie­dra, su estruen­do de piel /​  áspe­ra : lo rebate su sangre, /​ pero algo suyo ado­ra la per­fec­ción inerte”.

Porque la poesía ha sido siempre, feliz­mente, no sólo ter­ri­to­rio de mis­ti­fi­ca­ciones y de mone­de­ros fal­sos, de com­po­nen­das y adul­te­ra­ciones, como lo han sido y lo son todas las acti­vi­dades huma­nas, es que ha enca­ra­do tam­bién la reso­lu­ción –impo­sible, segu­ra­mente, al menos den­tro de las capa­ci­dades actuales de la mente-  de este enig­ma que algu­na vez Edipo escu­chó de los labios de una Esfinge.

La autén­ti­ca poesía siempre se ha dis­tin­gui­do más por los alcances de sus fra­ca­sos que por los de sus acier­tos y el solo hecho de que se pro­pon­ga resol­ver el enig­ma de lo mate­rial pen­san­do lo mate­rial, como lo hace la genui­na poesía contem­porá­nea, da una idea aproxi­ma­da de su valor. Valor, tam­bién en el sen­ti­do de coraje.

Porque hay que ser muy vale­ro­so, tam­bién, para dejar de lado las modas lite­ra­rias, refu­gio segu­ro de los que no tie­nen nada que decir pero lo hacen ; de aquel­los que creen que la poesía es mera for­ma y no for­ma y sen­ti­do, tan bien amal­ga­ma­dos que la una está en el otro “como la made­ra en el árbol”, feliz defi­ni­ción de otro gran poe­ta, el chi­le­no Vicente Huidobro. Se debe ser muy atre­vi­do para avan­zar por lo des­co­no­ci­do buscán­do­lo en cada ver­so, como lo hace lo que se dio en lla­mar una “poesía de ideas”, como si algu­na vez la poesía pudie­ra escri­birse a sí mis­ma sin tener­las.  Hay que ser muy valiente para siquie­ra inten­tar, sim­ple­mente, ser poe­ta.

Yo admi­ro muchas cosas en la poesía de Fernando Toledo y una de ellas es su valentía.

Porque arries­ga todo sin saber si va a encon­trar algo en lo des­co­no­ci­do y como que­da dicho, todo lo es en noso­tros y en el uni­ver­so que habi­ta­mos. Porque reco­gió el guante de lo mate­rial y su poesía atiende a resol­ver el enig­ma desde lo mate­rial ; pode­mos decir que Toledo es el poe­ta de lo mate­rial consciente, aquel­la avan­za­da.

Así, en su últi­mo libro, “Mortal en la noche”, el autor des­cribe sus iti­ne­ra­rios con ple­na concien­cia, cuan­do dice en uno de sus tex­tos más logra­dos, “Ateo poe­ta”: “Exento de pie­dad, super­sti­ciones, /​ Y fábu­las de vacua tras­cen­den­cia, /​ Rodeado de mitos bimi­le­na­rios /​ Y una corte de anchas apo­logías, /​ El poe­ta mate­ria­lis­ta ensaya /​ (No sin pasión, con algo de pudor) /​ Un modes­to lamen­to de inma­nen­cia”.

Los ver­sos ante­riores son una ver­da­de­ra ars poe­ti­ca, una clave impor­tante para inda­gar en la mul­ti­tud de signi­fi­ca­dos que contiene este breve pero inten­so y muy hon­do volu­men, que requiere de repe­ti­das lec­tu­ras para acce­der a los regis­tros que hace el autor. Ello, no por la oscu­ri­dad de su expre­sión, que no hay tal : Toledo usa muy bien un len­guaje engaño­sa­mente simple para invo­lu­crar en un solo ver­so una vas­ta poli­se­mia ; en dos ver­sos la com­bi­na­ción de las rela­ciones esta­ble­ci­das entre ellos ; en tres, un des­pliegue de sen­ti­dos que seguirá mul­ti­plicán­dose has­ta el ver­so final, cuan­do como en una cáma­ra de espe­jos, el poe­ma todo -a su vez- se com­bine con las poli­se­mias pro­ve­nientes de los otros poe­mas que encon­tra­mos en “Mortal en la noche”, para pin­tar una atroz y fas­ci­nante uni­ver­so, allí donde la condi­ción huma­na, la de mate­ria que se pien­sa a sí mis­ma, fra­ca­sa una y otra vez, tal es su des­ti­no, en fijar sus límites y poder nom­brar­los ; esa es, pre­ci­sa­mente, su gran­de­za. Que alguien pue­da escri­bir­lo, es una hazaña más de la poesía contem­porá­nea.

Mortal en la noche” es una Capilla Sixtina a la que le fal­ta, feliz­mente, Dios.

Luis Benítez

Buenos Aires, 28 de abril de 2013.

 

POEMAS DE FERNANDO TOLEDO

 

CAZA MAYOR Y MENOR

 

Como un des­co­no­ci­do estás, de nue­vo,

Saliendo del lugar de la reu­nión,

Huyendo de un bul­li­cio que te infec­ta,

Que corre por los techos y paredes

Como si fue­ras la pre­sa a atra­par

Por el soni­do infa­lible del mun­do.

Quedan en paz las voces, a lo lejos.

Pero solo aquí, en un cuar­to vacío,

Persiste igual la tenaz cacería,

Que toma la for­ma reco­no­cible

De algún recuer­do que no desea­bas,

O tan sólo de tu voz inter­ior

Que es tam­bién una peste

Y que aho­ra te alcan­za.

 

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SCHUMANN AL CAER LA TARDE

 

Sopor, un hilo de músi­ca

Tenue y un cuer­po,

Como un quiste,

En el blan­co pozo de la tarde.

Pero en un ins­tante

Todo va a cam­biar :

El sueño, lo mudo,

La pro­li­ja putre­fac­ción,

O esto que se escribe,

O por fin la noche.

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DESPUÉS DE DEBUSSY

 

Se apa­ga un acorde con fuer­za de conclu­sión

Para ceder paso a otras melodías :

La mudez se dis­fra­za en el tem­blor de una ven­ta­na

Y el áspe­ro fluir del agua en las cañerías

Es toda una orques­ta azul que, fre­né­ti­ca,

Procura lle­nar los espa­cios de la casa,

No ya para disi­mu­lar la oque­dad de los rin­cones,

La som­bra soli­ta­ria que me acom­paña,

Sino para subrayar con cier­ta ale­vosía

El pues­to de absur­do escri­ba de la nada

Que yo sin que­jarme asu­mo

Mientras afue­ra el mun­do, sí,

Se rega­la can­ciones felices, ras­ga

Una vez más las cuer­das del día,

Olvidando la muerte, igno­ran­do que la músi­ca

Empieza y concluye en el silen­cio,

Siguiendo la mis­ma este­la vacía

Que va a emer­ger des­pués

De este pun­to final.

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ATEO POETA

 

Exento de pie­dad, super­sti­ciones,

Y fábu­las de vacua tras­cen­den­cia,

Rodeado de mitos bimi­le­na­rios

Y una corte de anchas apo­logías,

El poe­ta mate­ria­lis­ta ensaya

(No sin pasión, con algo de pudor)

Un modes­to lamen­to de inma­nen­cia.

Es tarde y el vien­to trae dese­chos

De ple­ga­rias como balas per­di­das.

De pie a un cos­ta­do u otro de la duda

Mira pasar esa oscu­ra cor­riente

De la que (sabe) ya no beberá

Y enciende una foga­ta con los res­tos

De un tex­to difí­cil de cor­re­gir.

« Los teó­lo­gos cor­ren peor suerte »

Dice en un ver­so para enva­ne­cerse,

Confiando en que su próxi­ma here­jía

Ya nun­ca deje des­can­sar a Aquél

Que, aunque haya muer­to, entre­tiene a los suyos

Con el Supremo Hedor de Su Cadáver.

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