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Luis Bénitez, un trovador de la postmodernidad

Par |2018-10-15T15:08:15+00:00 29 mars 2013|Catégories : Critiques|

Existe, en la crea­ción de Luis Benítez, un ima­gi­na­rio poé­ti­co vas­to, para­le­lo con el mun­do concre­to, mate­rial, tenien­do en el mis­mo tiem­po estre­chas rela­ciones con esta concre­ción y mate­ria­li­dad. Este uni­ver­so poé­ti­co es desar­rol­la­do y sos­te­ni­do por la contri­bu­ción constante de un arte poé­ti­co per­so­nal, del talen­to y de un hori­zonte poé­ti­co y artís­ti­co mul­ti­cul­tu­ral. Nosotros habla­mos con entu­sias­mo sobre “la glo­ria de lo evi­dente”; el poe­ta can­ta lo que no es evi­dente, ni fácil de sen­tir con la sen­si­bi­li­dad común, miran­do en la direc­ción de una otra rea­li­dad,  más pura y más pro­fun­da : “yo vivi­ré siempre /​ en esta piel, estas manos, /​ y este cuerpo/​bañado por otra luz, otra presencia./Otra guer­ra hay que la del pan /​ otra embria­guez que la del vino /​ otra tier­ra hay en esta tier­ra” (Lo que decía el poe­ta). Y tiene razón : éste es el domi­nio de la poesía, en gene­ral.

     Como el poe­ta inglés Neil Leadbeater -autor de “Libretos for the Black Madonna” (2011), un viaje poé­ti­co a tra­vés de algu­nos países de América Latina- Luis Benítez es un ver­da­de­ro tro­va­dor moder­no, via­jan­do con su lira por dife­rentes espa­cios geo­grá­fi­cos, más o menos leja­nos, para conver­tir en poesía lugares con una pro­fun­da reso­nan­cia en la concien­cia cultu­ral y arquetí­pi­ca de la huma­ni­dad. Vamos a men­cio­nar aquí dos poe­mas de refe­ren­cia : “Behering” y “Kustendje, a orillas del Mar Negro”. Lo que sor­prende en el pri­mer poe­ma son las dimen­siones hiperbó­li­cas, geo­grá­fi­cas y tem­po­rales, a tra­vés de las que se extiende el dis­cur­so del poe­ta. El hombre suda­me­ri­ca­no es defi­ni­do por su doble iden­ti­dad, colo­ca­da en las pobla­ciones pre­co­lom­bi­nas con orí­genes en Siberia, cer­ca del “Mar Blanco”, espa­cio mitoló­gi­co y legen­da­rio, y en los conquis­ta­dores del “siglo de oro”, como Balboa y Pizarro. Fundador del mun­do nue­vo, que incluye como pun­tos de refe­ren­cia histó­ri­ca : “Tenochtitlán, el Cuzco /​  y el enig­ma silen­cio­so, Tiahuanaco”, tam­bién la isla de Pascua con sus “graves ros­tros”, este “homo suda­me­ri­ca­nus” refle­ja muy bien una dua­li­dad fun­da­men­tal, que hace su espe­ci­fi­ci­dad dramá­ti­ca : “… veni­dos de otros Beherings y otras fechas, /​ en nues­tras cla­ras ciu­dades, oh inge­nuas tier­ras, /​ sere­mos siempre dobles : /​ uno solo y muchos, hombres de nin­gu­na parte.” En el final, ésta es la ima­gen de un ser huma­no que ha per­di­do su condi­ción para­disía­ca y debe acep­tar su condi­ción mun­da­na, con sus incon­ve­nientes inhe­rentes. El paraí­so pre­histó­ri­co de los ante­pa­sa­dos, que  en sus uni­ver­so arquetí­pi­co ori­gi­nal : “traían la indus­tria de las armas /​ y el reno rojo, como un bosque ondu­lante /​ y detrás el lobo…” se ha conver­ti­do, por la fuer­za de las cosas, en his­to­ria y en una rea­li­dad pro­fa­na y dual. El segun­do tex­to men­cio­na­do aquí, loca­li­za­do en el espa­cio ruma­no (Kustendje en tur­co y en ruma­no Constanţa, es la anti­gua ciu­dad de Tomis), es una evo­ca­ción del poe­ta Ovidius, en un contex­to actual, donde inter­fie­ren temas rela­cio­na­dos como la vene­ra­ción frente la memo­ria de un gran poe­ta de la huma­ni­dad (“des­ter­ra­do” lejos de Roma), la abo­li­ción del más grande tota­li­ta­ris­mo de la his­to­ria, sim­bo­li­za­do por la demo­li­ción en el mis­mo espa­cio geo­grá­fi­co “de la últi­ma esta­tua de Lenin” y una medi­ta­ción  escép­ti­ca –hacia el final del poe­ma- sobre la condi­ción del poe­ta y de la poesía en el mun­do : “…las pie­dras y los versos/​cambian, cuan­do cam­bia la mira­da, así como /​ – antes de la meta­mor­fo­sis – Ovidio supo /​ por qué la poesía le inter­esa a nadie” (p. 88).    

     Una pecu­lia­ri­dad en la crea­ción de Luis Benítez, como sucede gene­ral­mente en la lite­ra­tu­ra contem­porá­nea, es la inclu­sión en los tex­tos de las refe­ren­cias cultu­rales en el domi­nio poé­ti­co y de sus repre­sen­tantes cono­ci­dos y reco­no­ci­dos en el espa­cio de la poesía uni­ver­sal. En este sen­ti­do, el lec­tor no puede via­jar por la crea­ción del poe­ta argen­ti­no sin obser­var en dife­rentes tex­tos, con valor de dedi­ca­ción, la ilustre pre­sen­cia de John Keats (“John Keats”, p. 42), Arthur Rimbaud (“Los ojos de Rimbaud”, p. 59), César Vallejo (p. 71), Ezra Pound (“Deja que hable Ezra Pound”, p. 67), Dylan Thomas (“En el arduo ani­ver­sa­rio de una boda”, p. 95), Blake, Rimbaud y Baudelaire (“De lo que huye”, p. 72), etc.  No es difí­cil obser­var que, por una parte, estos autores son, cada uno de ellos, maes­tros de la moder­ni­dad en la crea­ción poé­ti­ca y, por  otro lado, los expo­nentes nacio­nales de la poesía moder­na en un gran espa­cio mul­ti­cul­tu­ral : la moder­ni­dad poé­ti­ca ingle­sa (Keats), gaé­li­ca (Dylan Thomas), fran­ce­sa (Rimbaud), suda­me­ri­ca­na (Vallejo) y nor­tea­me­ri­ca­na (Ezra Pound). Más poe­tas, más pun­tos de refe­ren­cia de la moderr­ni­dad, porque Luis Benítez conoce muy bien la actua­li­dad de sus lega­dos poé­ti­cos, como lo sugiere en estos ver­sos : “John Keats recuer­da y es tam­bién de otros el recuer­do (…) /​ John Keats será John Keats, será noso­tros” (p. 43) o como en el inci­pit de este poe­ma des­ti­na­do a los poe­tas de hoy en un cri­sis de men­saje : “Si no tienes nada que decir cál­late /​ deja que hable Ezra Pound (…)” (p. 67-68).

     Con tales escue­las poé­ti­cas en su memo­ria acti­va, con una pers­pec­ti­va amplia de orden esté­ti­co y cultu­ral, con una voca­ción crea­ti­va muy fuerte, no es sor­pren­dente que la moda­li­dad poé­ti­ca de Luis Benítez sea sus­tan­cial y ple­na de un refi­na­mien­to, que nece­si­ta por parte del lec­tor una fuer­za de recep­ción apro­pia­da. Un tro­va­dor de nues­tro tiem­po, el autor argen­ti­no es, como cada crea­dor serio, un “redemp­tor lin­guae”, un inven­tor de len­guaje poé­ti­co y un arte­sa­no ori­gi­nal de un ima­gi­na­rio poé­ti­co que habla para la sen­si­bi­li­dad del lec­tor (post)moderno.                   

     Sorprenden la fra­gan­cia de unas imá­genes crea­das por com­bi­na­ciones lexi­cales ines­pe­ra­das, gene­ral­mente situa­das en el inicio de los tex­tos, acre­di­tan­do el dis­cur­so :  “Detrás del tiem­po un ani­mal me mira” (Entonces el can­to, p. 46), “El gato per­pe­tuo en la maña­na abso­lu­ta” (La Bestia de la auro­ra, p. 61), “Nuestra gene­ra­ción fue (…)/​un mano­jo de nadas sin zapa­tos” (En el arduo ani­ver­sa­rio de una boda, p. 95); la mis­ma fun­ción poé­ti­ca en el anda­mio tex­tual la encon­tra­mos en ins­pi­ra­dos jue­gos lexi­cales : “Brutal som­bra que ves /​ con indi­fe­ren­cia la som­bra de tu som­bra” (p. 61), “Lo opues­to bus­ca su opues­to” (Del amor por los bár­ba­ros, p. 85). El poe­ta es un construc­tor de imá­genes apa­ren­te­mente dis­pares, frag­men­ta­rias, que se consti­tuyen en una pers­pec­ti­va panorá­mi­ca del mun­do, usan­do con fre­cuen­cia las enu­me­ra­ciones : “A veces es un pája­ro, un río, el vien­to” (El Uro, p. 29) o imá­genes hiperbó­li­cos ple­nas de suge­ren­cia : “dime que te acuer­das de hombres y mujeres gigantes /​ y de paredes enormes” (Infancia de la mara­villo­sa, p. 33). El dis­cur­so poé­ti­co se orde­na y se desar­rol­la tam­bién por las repe­ti­ciones, como un prin­ci­pio gene­ra­dor del tex­to y del men­saje, asu­mi­do con luci­dez : “no ha leí­do tu Monelle (…) /​ no conoce tus Vidas…” (A Marcel Schwob, p. 31) o “Me pre­gun­to por el ori­gen /…/ Me pre­gun­to los nombres y el sem­blante /​ … /​ Me pre­gun­to por los miles de días…” (Esta mana­na escribí dos poe­mas, p. 75). Es de seña­lar, tam­bién, que en este inven­ta­rio lexi­cal exis­ten diver­sos sím­bo­los.

     Más allá de una ten­den­cia estilís­ti­ca de linaje moder­nis­ta, el lec­tor puede des­cu­brir igual­mente una serie de ele­men­tos neo­clá­si­cos, como en estos ver­sos : “Dionisos con su corte de fau­nos” (El uro, p. 29) y, por otro lado, la afir­ma­ción de una sen­si­bi­li­dad exis­ten­cia­lis­ta : “ah los ter­rores que nos visi­tan de noche /​ que no se ocul­tan del día…” (Los mie­dos, p. 27-8). La fór­mu­la poé­ti­ca de Luis Benítez tiene la com­ple­ji­dad de la crea­ción contem­porá­nea, que une la teoría con la prác­ti­ca del tex­to, la cultu­ra poé­ti­ca y la gene­ra­ción del tex­to. No es sor­pren­dente que se pue­dan iden­ti­fi­car,  asi­mis­mo, ele­men­tos de un ver­da­de­ro prous­tia­nis­mo poé­ti­co, inte­gra­do en un contex­to deter­mi­na­do por la luci­dez del crea­dor : “…La memo­ria tal vez sea /​ sólo visión de olores olvi­da­dos” o, más ade­lante : “el olor del pri­mer mar, a los seis años” (De las tan­tas cosas que no puede, p. 44).             

     El carác­ter meta­tex­tual de la poesía post­mo­der­nis­ta es otra par­ti­cu­la­ri­dad rele­vante. El autor está per­ma­nen­te­mente preo­cu­pa­do por esta­ble­cer la razón de ser en la contem­po­ra­nei­dad del poe­ta y tam­bién la esen­cia de la crea­ción poé­ti­ca, pre­sen­tan­do suce­si­va­mente y con insis­ten­cia rei­te­ra­da varias pers­pec­ti­vas y acep­ciones, cui­dan­do de no omi­tir algo rele­vante de este pun­to de vis­ta temá­ti­co. La crea­ción artís­ti­ca es reve­la­ción y uni­ver­so para­le­lo frente el contin­gente, dice el autor, respon­dien­do a vir­tuales acu­sa­ciones de no ser impli­ca­do por sus obras en las agi­ta­ciones sociales o polí­ti­cas coti­dia­nas : “Otra guer­ra hay que la del pan /​ otra embria­guez que la del vino /​ otra tier­ra hay en esta tier­ra : /​ eter­na es nues­tra pri­ma­ve­ra” (Lo que decía el poe­ta, p. 32).

     Con una acti­vi­dad poé­ti­ca inicia­da por el volu­men “Poemas de la Tierra y la Memoria” (1980) y conti­nua­da de una mane­ra constante y consis­tente con poe­ma­rios, libros de ensayos y dra­ma­tur­gia, tam­bién por una pre­sen­cia sos­te­ni­da en las publi­ca­ciones cultu­rales y lite­ra­rias, reco­no­ci­do en su país y en el extra­n­je­ro mediante diver­sas dis­tin­ciones (Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poétes, París, 1991 ; Primer Premio Joven Literatura, Buenos Aires, 1996, etc.), Luis Benítez es autor de una crea­ción poé­ti­ca ori­gi­nal y, al mis­mo tiem­po, repre­sen­ta­ti­va de  la lite­ra­tu­ra de hoy en América Latina. Correspondiendo “a la lla­ma­da de su gene­ra­ción” (Elizabeth Auster, intro­duc­ción en Breve anto­logía poé­ti­ca, 2008, p. 7), el poe­ta argen­ti­no es un ver­da­de­ro tro­va­dor de la post­mo­der­ni­dad, un tro­va­dor a la mane­ra y con los ins­tru­men­tos especí­fi­cos de la crea­ción poé­ti­ca de nues­tro tiem­po.    

 

Bucarest, 12 de setiembre de 2012

 

 

 

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