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La poesía argentina de los años 60

Par |2018-10-18T09:57:07+00:00 27 décembre 2012|Catégories : Essais|

 

El com­pro­mi­so con la épo­ca”

La pri­me­ra vez que vi el ros­tro del poe­ta Juan Gelman -hoy Premio Nacional de Literatura, entre otras nume­ro­sas dis­tin­ciones- fue en una comi­saría. Al mejor esti­lo wes­tern, un minu­cio­so retra­to del autor de Violín y Otras Cuestiones recla­ma­ba su cap­tu­ra vivo o muer­to y exigía a la pobla­ción la inme­dia­ta denun­cia de cual­quier dato sobre su para­de­ro. La pina­co­te­ca incluía otras obras del mis­mo anó­ni­mo artis­ta poli­cial ; entre ellas, los retra­tos de Mario Firmenich, Emilio Perdía y Roberto Vaca Narvaja, de la cúpu­la de la orga­ni­za­ción guer­rille­ra  Montoneros.
¿Cómo había lle­ga­do has­ta esa pared de la comi­saría 23, con juris­dic­ción sobre el Palermo de Jorge Luis Borges y Evaristo Carriego, Juan Gelman, quien aca­ba­ba de publi­car Hechos y Relaciones y Si Dulcemente ?
Corría el comien­zo de los muy poco dora­dos 80 y mi gene­ra­ción empe­za­ba a publi­car sus pri­me­ros poe­ma­rios, la mayoría de noso­tros sin com­pren­der, todavía, cómo el desar­rol­lo de la poesía argen­ti­na iba a enla­zar nombres y obras has­ta este pre­sente que, con algu­na pers­pec­ti­va histó­ri­ca, nos per­mite bos­que­jar sus prin­ci­pales matices. Para respon­der a la pre­gun­ta ante­rior -cir­cuns­tan­cial- y a muchas otras más, debe­mos retro­traer­nos a la Argentina de hace casi medio siglo.
Por aquel­la épo­ca -media­dos de los 50 y comien­zos de los 60- un fenó­me­no nue­vo se había pro­du­ci­do en la cultu­ra nacio­nal, reno­va­da por la apa­ri­ción de toda una gene­ra­ción de poe­tas, nar­ra­dores, artis­tas, dra­ma­tur­gos y cineas­tas. Se trató de una épo­ca que le dio un nue­vo y muy fuerte impul­so a la indus­tria edi­to­rial, la plás­ti­ca y la cine­ma­to­grafía, impul­so que fue acom­paña­do por el sur­gi­mien­to de un públi­co consu­mi­dor de cultu­ra en todas sus for­mas… menos en poesía.
Para el públi­co consu­mi­dor de cine, plás­ti­ca y lite­ra­tu­ra nacio­nal, pro­ve­niente de las capas medias y altas todavía sufi­cien­te­mente ilus­tra­das en ese entonces y aún posee­do­ras de una capa­ci­dad adqui­si­ti­va que le per­mitía acce­der masi­va­mente a entra­das de cine y tea­tro, com­prar pin­tu­ra argen­ti­na como inver­sión a futu­ro y ago­tar edi­ciones de nar­ra­dores nacio­nales, en letras sona­ban fuertes los nombres de Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz y otros. Autores abun­dan­te­mente pro­mo­vi­dos por la indus­tria edi­to­rial local, que veía engro­sar sus ven­tas día a día. Del mis­mo modo, los medios de comu­ni­ca­ción masi­vos hacían lo suyo, reco­men­dan­do a unos y denos­tan­do a otros, pero de todas for­mas, dán­dole un espa­cio a las letras argen­ti­nas del que hoy care­cen noto­ria­mente.
Sin embar­go, el fenó­me­no de la masi­vi­dad de otras for­mas de expre­sión no alcanzó a la poesía argen­ti­na.
En el aspec­to esté­ti­co -que es siempre el que per­du­ra, más allá de las epo­cales movi­das de los mass-media y de las efí­me­ras bar­ri­ca­das cultu­rales- la déca­da del sesen­ta fue tras­pa­sa­da por el impe­ra­ti­vo de lo que se llamó “el com­pro­mi­so con la épo­ca”, una pre­mi­sa que signó sus ver­sos con el inten­to de refle­jar los acon­te­ci­mien­tos polí­ti­cos y sociales de entonces, a tra­vés de un poesía donde lo colo­quial ganó el cam­po en gran medi­da, en un inten­to de cuño exis­ten­cial por dar cuen­ta tan­to del hombre como de la cir­cuns­tan­cia del momen­to. Este com­pro­mi­so de la poesía con la épo­ca com­pelía al autor de los sesen­ta -por pre­sión de las pre­mi­sas cultu­rales de entonces, por obli­ga­ción con el pun­to de par­ti­da de la iden­ti­dad sus­ten­ta­da por sus contem­porá­neos y com­pañe­ros de gene­ra­ción y, fun­da­men­tal­mente, por la acep­ta­ción que él mis­mo hacía de ese com­pro­mi­so en su inter­io­ri­dad- a refle­jar y dar cuer­po tex­tual en el poe­ma a las ideo­logías y concep­ciones carac­terís­ti­cas de ese entonces, fuer­te­mente abo­na­das por el triun­fo de la revo­lu­ción cuba­na en 1959 y por la ”ges­ta gue­va­ris­ta” y el Mayo Francés des­pués. Esta concep­ción de izquier­das del momen­to histó­ri­co no fue patri­mo­nio exclu­si­vo de la poesía argen­ti­na ni de la lati­noa­me­ri­ca­na en gene­ral, sino que fue uno de los nutrientes de la cultu­ra en su espec­to más amplio en ese seg­men­to histó­ri­co, impre­gnan­do el conjun­to de sus mani­fes­ta­ciones. De todos modos, ni la gene­ra­ción del 60 se reduce a lo expli­ci­ta­do ni todos sus repre­sen­tantes se redu­cen al com­pro­mi­so con la épo­ca. En algu­nos más que en otros, el límite inhe­rente a este com­pro­mi­so es nume­ro­sas veces tras­pa­sa­do, regis­trán­dose en esa mis­ma gene­ra­ción autores que desar­rol­la­ron sus obras fue­ra de esa concep­ción impe­rante. Tal el caso de Alejandra Pizarnik, Roberto Juarroz, el mis­mo Joaquín Giannuzzi y otros. Se entiende que no esta­mos hablan­do de nombres menores con los aquí nom­bra­dos. Sin embar­go, el grue­so del subraya­do tiene que caer en las obras de autores que, sin des­lin­darse abso­lu­ta­mente de ese com­pro­mi­so con la épo­ca -prác­ti­ca­mente obli­ga­to­rio entonces- ofre­cen matices y dife­ren­cias con esta concep­ción. El caso de Juan Gelman, que fue el gran dis­pa­ra­dor de esta idea de com­pro­mi­so con la épo­ca, aunque se ali­nea en la prác­ti­ca con la acti­tud más radi­cal de optar por la acción polí­ti­ca direc­ta, como Miguel Angel Bustos, Roberto Santoro y otros, es para­digmá­ti­co. Su libro Violín y otras cues­tiones, de 1958,  había sido adop­ta­do como el canon a seguir por bue­na parte de los autores del 60 y su elec­ción pos­te­rior de la lucha polí­ti­ca y aun por la vía arma­da vis­ta como un ejem­plo admi­rable de cohe­ren­cia polí­ti­ca, se la com­par­tie­ra o no. Sin embar­go, en su obra, Juan Gelman lo que hace lue­go es desar­rol­lar pre­ci­sa­mente aquel­los ele­men­tos que menos tie­nen que ver con las rigi­deces del com­pro­mi­so con la épo­ca y son carac­terís­ti­cos de una esté­ti­ca mucho menos preo­cu­pa­da por esta pre­cep­ti­va. Precisamente, Juan Gelman alcan­za su madu­rez como poe­ta -y la desar­rol­la has­ta la actua­li­dad- cuan­do elige for­jar una obra per­so­nal sin límites polí­ti­cos ni impe­ra­ti­vos ideoló­gi­cos de nin­gu­na clase… y lo comenzó a lle­var a cabo cuan­do todavía se encon­tra­ba en la clan­des­ti­ni­dad y su retra­to orna­ba, como dije al prin­ci­pio, todas las comi­sarías del país.
El com­pro­mi­so con la épo­ca se fue diluyen­do len­ta­mente en las aguas menos segu­ras de sí mis­mas de la poesía siguiente, la de los 70, donde a la vez que se aban­do­na­ba muy pau­sa­mente la obli­ga­ción de refle­jar la épo­ca, con sus carac­terís­ti­cas y contra­dic­ciones, así como con su colo­ra­tu­ra ideoló­gi­ca, cobra­ba mayor peso la sub­je­ti­vi­dad del poe­ta y volvía a un pri­mer pla­no  la concep­ción de la cultu­ra como un fenó­me­no más uni­ver­sal que estric­ta­mente lati­noa­me­ri­ca­no.

JOAQUIN GIANNUZZI

Nació en Buenos Aires en 1924 y murió en la pro­vin­cia de Salta en 2004. Obra poé­ti­ca : Nuestros días mor­tales (1958); Contemporáneo del mun­do (1963); Las condi­ciones de la épo­ca (1968); Señales de una cau­sa per­so­nal (1977), Principios de incer­ti­dumbre (1981), Violín obli­ga­do (1984),  Antología poé­ti­ca (poe­mas 1958-1995) (1990), Cabeza final (1991), Antología poé­ti­ca (1997), ¿Hay alguien ahí ? (2004), entre otros.

Cabeza final

Todas las ideo­logías le die­ron de palos.
La humil­la­ron la his­to­ria del mun­do
y la vergüen­za de su país,
la cal­vi­cie, los dientes per­di­dos,
una oscu­ri­dad exca­va­da bajo los ojos,
el fra­ca­so per­so­nal de su len­guaje.
El obre­ro que res­piró en su inter­ior
ávi­do de oxí­ge­no y uni­ver­so conti­nuo
dejó caer el mar­tillo. Fue la razón
quien cegó sus pro­pias ven­ta­nas. Pero tam­po­co
encon­tró en el deli­rio conclu­sión algu­na.
Pero eso, quizás no fue tan des­cor­tés
esa mane­ra de negar el mun­do al des­pe­dirse.
Sucedió así :
Reposando sobre la últi­ma almo­ha­da
vol­vió hacia la pared
lo poco que que­da­ba de su ros­tro.

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ROBERTO JUARROZ

Nació en Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires, en 1925, y murió en Buenos Aires en 1995. Obra poé­ti­ca : Desde 1958 publicó en suce­si­vos volú­menes su obra poé­ti­ca bajo un mis­mo títu­lo : Poesía Vertical. El deci­mo­cuar­to volu­men se publicó en 1997 (ed. pós­tu­ma).

12

El error que comete una cosa
al caer de tus manos,
la absur­da equi­vo­ca­ción de una hoja
al no caer sobre la tier­ra,
la confu­sión de un aro­ma
que emi­gra de una flor
y se va a per­fu­mar un pen­sa­mien­to,
no deben atri­buirse
a sus modales inex­per­tos
sino al defec­to fun­da­men­tal que el azar dis­tri­buye
como una noche que­bra­da
por el apo­ca­lip­sis encu­bier­to de los días.

Esta concre­ta conspi­ra­ción del desa­cier­to
indi­ca que la his­to­ria aún no ha empe­za­do
y el hombre sólo regis­tra en sus anales
incier­tos simu­la­cros de anti­his­to­ria.

Tan sólo una ima­gi­na­ción rege­ne­ra­da
que trace los movi­mien­tos del regre­so,
del per­fume a la flor,
de las hojas al árbol,
de una cosa a tu mano,
del azar al azar,
de la noche a la noche,
puede iniciar la his­to­ria ver­da­de­ra.

El mun­do está reple­to
de ano­di­nos fan­tas­mas.
Hay que hal­lar los fan­tas­mas esen­ciales.

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FRANCISCO MADARIAGA

Nació en 1927 en Buenos Aires, donde fal­le­ció en 2000. Obra poé­ti­ca : El deli­to natal (1963); Tembladerales de oro (1973); Llegada de un jaguar a la tran­que­ra (1980), y Resplandor de mis bár­ba­ras (1985), entre otros. Su obra fue reu­ni­da en El tren casi flu­vial (1988).

Tembladerales de oro

In memo­riam Alfredo Martínez Howard

El dolor ha abier­to sus puer­tas al agua de oro del oro que
arde contra el oro el oro de los ocul­tos tem­bla­de­rales
que lar­gan el aire de oro hacia los rojos des­ti­nos
pul­mo­nares con el acuer­do de los fan­tas­mas de oro
coro­na­dos por los jun­cos de oro bebien­do los
cabal­los de oro los tro­pe­ros de oro envuel­tos en los
pon­chos de oro -a veces negro a veces colo­ra­do
celeste verde- y el cabal­le­ro que repa­sa las lagu­nas de
los oros natu­ral­mente popu­lares el que se embar­ca
en las bal­sas de oro con todos los exce­sos de
pasa­je­ros de oro que mane­jan los cabal­los de oro con
los rebenques de oro bebien­do en la lime­tilla de oro
del bar­ro de oro de los sueños de los fres­cos del
oro entre la majes­tad de las pal­me­ras de oro y de los
ajus­ti­cia­dos y degol­la­dos en las isle­tas de oro bajo de
yaca­rés de oro del oro del Amor.
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HUGO GOLA

Nació en Pilar, pro­vin­cia de Santa Fe,  en 1927. Obra poé­ti­ca : Veinticinco poe­mas (1961), Poemas (1964), El cír­cu­lo de fue­go (1968), Jugar con fue­go (1987), Filtraciones (1996), Poemas reu­ni­dos (2004).

Desde tem­pra­no des­can­sas

Desde tem­pra­no des­can­sas
miras los árboles
por tu ven­ta­na
y oyes galo­par el vien­to
Desde tem­pra­no per­cibes
el rui­do de la casa
la naran­ja que cae
el sol que ape­nas brilla
y el vien­to mon­ta­do sobre los techos

Los libros desor­de­na­dos
la lám­pa­ra cáli­da
unos gatos cor­rien­do
y este vien­to
que arras­tra los papeles
donde una tarde
ano­taste pala­bras
que aho­ra vue­lan

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JUAN GELMAN

Nació en Buenos Aires en 1930. Obra poé­ti­ca : Violín y otras cues­tiones (1956), Gotán (1956), El jue­go en que anda­mos (1959), Velorio del solo (1961), Cólera Buey (1965), Los poe­mas de Sidney West (1969), Fábulas (1971), Relaciones (1973), Citas (1979), Carta abier­ta (1980), Si dul­ce­mente (1980), Bajo la llu­via aje­na (1980), Hacia el sur (1982), Com/​posiciones (1983), Eso (1984), Anunciaciones (1988), Interrupciones I (1988), Interrupciones II (1988), Carta a mi madre (1989), Salarios del impío (1993), La abier­ta oscu­ri­dad (1993), Dibaxu (1994), Incompletamente (1997), Debí decir te amo (anto­logía, 1997), Valer la pena (2001), País que fue será (2004), Los poe­mas de Sidney West : Selección (2005), Oficio ardiente (2005), Miradas (2006), entre otros.

Mi Buenos Aires que­ri­do

Sentado al borde de una silla des­fon­da­da,
marea­do, enfer­mo, casi vivo,
escri­bo ver­sos pre­via­mente llo­ra­dos
por la ciu­dad donde nací.
Hay que atra­par­los, tam­bién aquí
nacie­ron hijos dulces míos
que entre tan­to cas­ti­go te endul­zan bel­la­mente.
Hay que apren­der a resis­tir.
Ni a irse ni a que­darse,
a resis­tir,
aunque es segu­ro
que habrá más penas y olvi­do.

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MIGUEL ANGEL BUSTOS

Nació en Buenos Aires en 1932 ; desa­pa­re­ci­do en 1976. Obra poé­ti­ca : Cuatro murales (1957); Corazón de piel afue­ra (1959); Fragmentos fantás­ti­cos (1965); Visión de los hijos del mal (1967); El Himalaya o La moral de los pája­ros (1970).

Los patios del tigre

El tigre, aquel espe­jo del
odio  y el espan­to.
Von Jöcker, siglo XVIII

Fueron siempre los pája­ros los que andu­vie­ron en los patios de mi infan­cia.
          A la cla­ri­dad del cana­rio se sumó el gri­ti­to entre­cor­ta­do del cala­fate, el vue­lo dimi­nu­to de los ben­galíes. Algún mono hubo, pero fue efí­me­ro.
          Agregaba mi abue­lo a la magia rei­nante sus oros de Gran Maestro. Sus libros que, de a poco, fue­ron sien­do mis pája­ros.
          Un tío via­jó y en una gran jau­la tra­jo un tigre. Lo ase­gu­ra­ron a una cade­na y espe­ra­ron que lo vie­ra.
          Su gar­gan­ta me llamó ; apa­recí.
          El espan­to y la mara­villa me hela­ron.
          Desde ese día los patios deja­ron de ser tales. Fueron sel­vas de már­mol y mosai­cos gas­ta­dos en donde el ter­ror habi­ta­ba.
          Era feliz. Tocaba el mis­te­rio a dia­rio y no desa­pa­recía. Me acos­tum­bré ávi­da­mente a lo extra­ño.
          Cuando alguien ordenó su encier­ro en el Zoológico, llo­ré.
          Entonces comen­za­ron mis fugaces visi­tas ; tem­bla­ba cer­ca de su jau­la. Su rugi­do era músi­ca tristí­si­ma para mí. Le implo­ra­ba a su memo­ria de fie­ra el recuer­do.
          El día en que me fui a des­pe­dir de él para siempre me olió, detu­vo su andar en cír­cu­los. Una som­bra huma­na le cruzó la mira­da. Intenté tocar­lo. El gri­terío pru­dente me clavó en el piso.
          Pensé un adiós, sua­ve­mente me mar­ché. Más tarde supe de su muerte. Su carne fantás­ti­ca se juntó en el pol­vo a otras carnes.
          He cre­ci­do. Guardo de mi infan­cia sus hue­sos en mi alma, los libros en mi sangre.
          Pero cuan­do llegue el fin y me miren los ojos que aún no he vis­to, pien­so que será el tigre incier­to de la locu­ra el que me lleve tan­tean­do a la nada, aquel tigre de titu­beo y deli­rio del sui­ci­dio que en su boca me aho­gará cla­man­do.
          O tal vez mi vie­jo tigre, raya­do por la pie­dad, quie­ra devo­rarme como a un niño.

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ALEJANDRA PIZARNIK

Nació en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, en 1936. Se sui­cidó en Buenos Aires en 1972. Obra poé­ti­ca : La tier­ra más aje­na (1955), La últi­ma inocen­cia (1956), Las aven­tu­ras per­di­das (1958), Arbol de Diana (1962), Los tra­ba­jos y las noches (1965), Extracción de la pie­dra de la locu­ra (1968), El infier­no musi­cal (1971), La conde­sa san­grien­ta (1971).

La últi­ma inocen­cia

Partir
en cuer­po y alma
par­tir.

Partir
desha­cerse de las mira­das
pie­dras opre­so­ras
que duer­men en la gar­gan­ta.

He de par­tir
no más iner­cia bajo el sol
no más sangre ano­na­da­da
no más fila para morir.

He de par­tir

Pero arre­mete ¡via­je­ra !
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